Luis Enrique Suárez Camacho nos remonta no a lugares fisicos, sino a dimensiones temporales que renacen en nuestra mente.

“Roxanne, you don´t have to wear that dress tonite, walk the streets for money, you don´t care if it´s wrong or if it´s right”.

Los recuerdos se asoman, casi siempre de la forma en que mejor nos sonrien, algo que nos haya despertado el sentido de la felicidad, o como decía Marcel Proust "cuando uno extraña un lugar, lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar, no se extrañan los sitios, sino los tiempos".

Ese regreso atraviesa por lugares pintorescos, que al momento de revivirlos en la memoria, los intentamos describir en el papel de manera detallada; conforme vamos creciendo mis viajes de regreso son un poco más claros, y en esa mente de pre adolecente en unos de esos viajes me veo en Arriaga, Chiapas; a la edad de trece años, viaje que hicimos mi papá, mi mamá y yo, el motivo no lo recuerdo realmente, pero solo íbamos nosotros tres, creo que los compromisos del viaje solo incluía pasar un día en casa de mi abuela paterna.


Radiomorfosis
El cruce de dimensiones

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Me gustaba estar allí en esa casa tal vez por los aún recientes viajes que hacíamos con mis hermanos en las vacaciones largas, las idas al río, los juegos con los primos y por supuesto las idas al mar a Puerto Arista, la atención de mi abuela conmigo siempre fue buena y cordial, a los trece años tal vez ya no resultaban tan asombrosos como al principio conocer aquellos lugares, la comida, el mercado o simplemente experimentar el calor; mi mamá se sorprendió cuando le dije que me quería quedar allí y que prefería esperar a que regresaran de su compromiso, mi mamá me preguntó: ¿estás seguro que te quieres quedar?, intentaba persuadirme a que no lo hiciera, pero yo contesté muy convencido de que me quedaba, entonces se fueron.

Al caer ya la tarde ,con el calor ya venido a menos, cuando se fueron mis padres, salí a darla vuelta al patio a ver el viejo pozo, a saludar el árbol de mango que era enorme y que estaba a un costado de la casa de mi tía, a unos cuantos pasos se encontraba la escuela primaria, a la cual asistió mi papá llamada “Emiliano Zapata”, aun recuerdo su fachada en color verde, caminé por allí observando todo por afuera y hasta donde la vista lo permitía, ya la oscuridad era notoria y decidí regresar a la casa, me encontraba tumbado en la hamaca cuando en eso entró mi primo por el corredor del amplio patio de la casa. Memo es el segundo hijo de mi tía Luz, quien era más grande que yo por tres años, llegaba con dos amigos de los cuales no recuerdo ni sus rostros.

¿Qué estás haciendo primo?”, preguntó, a lo que respondí, solo levantando lo hombros, como diciendo “nada”, de inmediato agregó: “¿no quieres acompañarnos?, ven con nosotros, vamos al kiosco”. Mi tía me dijo que saliera, que no me quedara allí, que me fuera a pasear con ellos, finalmente acepté, solo me puse una chamarra muy ligera, pues realmente estaba aún cálido el clima, traía mis tenis y un pantalón de mezclilla azul con una playera también muy fresca para la ocasión, mi primo por el contrario estaba más presentable, con pantalón de mezclilla calzaba zapatos negros, una camisa de manga corta a cuadros y una chamarra de mezclilla, de esas deslavadas, ligera, bien peinado, los otros dos también lucían recién bañados, yo ni me fije en eso en ese instante.

¡Total! Solo íbamos de paseo a caminar por allí, me dije, como cuando éramos niños; una vez que salimos de la casa llegamos a la esquina donde está la escuela, y dimos vuelta al lado izquierdo sobre las escaleras en las cuales brincábamos mis hermanos algunos años atrá, las pasamos y seguimos por las calles empedradas rumbo al centro del pequeño municipio de Arriaga; la distancia no era muy larga así que tan solo en unos cinco minutos llegamos; conforme nos íbamos acercando se veía a lo lejos el kiosco ya iluminado rodeado de árboles y bancas blancas, había gente tomando ‘el fresco’ de los primero minutos de la noche.

Yo los seguía, atravesamos por el medio con vendedores de nieve y globos; seguimos adelante hasta dejarlo atrás, íbamos ya cruzando la calle del otro extremo con dirección a las vías del tren, que se encontraba en línea paralela al centro, a un costado del mercado, él cual ya conocía pues en otras ocasiones a la luz del día ya había entrado, pero a esa hora ya estaba cerrado, al cruzar las vías noté al bajar la vista las famosas “adormideras”, esas plantas que cuando tocas sus hojas se cierran y que quisimos plantarlas en casa de mi mamá, pero no funcionó; esas vías en las cuales en cierta ocasión mi hermana se cortó el pie con un pedazo de vidrio estando de vacaciones unos años atrás cuando íbamos rumbo al mercado. Regresando a nuestra caminata nocturna, el camino por el que íbamos se empezaba a tornar con menos luz, el camino ya era solo de tierra.

No recuerdo cuando llegamos al lugar, pero lo que si tengo presente es el espacio al cual llegamos, una gran plancha de cemento en el centro, no muy grande con una enorme carpa, y muchas personas en ella, todos hombres, muchachos mayores que yo y adultos platicando entre ellos, otros solos; a los costados y al centro de esta plancha, había una especie de vecindad con pequeñas habitaciones calculo de tres por cuatro metros, aproximadamente, con un solo acceso cubierto por una pequeña cortina, afuera de cada puerta había mujeres de diferentes edades en ropa interior, al menos esa fue la primera impresión que tuve.

Había muchachas bastante jóvenes y mujeres más adultas, la luz del lugar era tenue y misteriosa, debo decirlo ahora, no tardé en comprender que me encontraba en la zona roja del municipio, el rostro de mi primo y de sus amigos esbozaba una gran sonrisa con todo y dientes, la idea era clara: “!vamos a darle primo¡”, me dijo Memo, a lo que solo pude hacer una mueca de aceptación con una sonrisa totalmente distorsionada, sobra decir, que me encontraba totalmente absorto ante tal situación y ante esas mujeres ¡en ropa interior¡, los nervios me traicionaban, o debo decir, que lo que me devoraba era el miedo, la incertidumbre y sobre todo a hacer el ridículo entre todos los presentes, jamás había estado en algún lugar así y mucho menos ver mujeres con tan poca ropa, además no había ninguna otra persona de mi edad, ya empezaba a crecer, sin embargo mi aspecto de niño me delataba, sin una pizca de bigote y mi voz aún no maduraba totalmente, intentaba pasar desapercibido trataba de mantener la mirada baja, escondido detrás de mis acompañantes, invadido por el nerviosismo ya que algunos me veían y se sonreían, supongo que por verme demasiado joven.

De repente, pensando en que me encontraba en una situación embarazosa, queriendo que me tragara la tierra, me dice mi primo señalando hacia una de las muchachas jóvenes, que se encontraba a pocos metros: “ves a esa muchacha primo, ve a preguntarle cuánto cobra”, las piernas me traicionaron, sentí que me desvanecía, ¿era en serio lo que escuché?, acercarme a preguntar eso, no lo haría, me dije; sin embargo, ya estaba allí, las manos las tenía mojadas de sudor frío, el corazón estaba a mil pero me dirigí hacía esa muchacha, que ahora considero que tendría no más de 18 o 19 años, al empezar a caminar sentía la mirada de todos los asistentes, por lo menos de los más cercanos, todos sonreían cuando me iba acercando, lo que provocaba que mi adrenalina estuviera a punto de brotar de mi cuerpo, al levantar la vista quede frente a esa muchacha y con mi mejor voz de adulto, intentando no tartamudear, le pregunté: “¿cuánto?”, sentí que mi cara estallaba de calor, pero ella comprendiendo la situación, supongo, me contestó con una sonrisa, me dijo la cantidad, pude darme cuenta que apenas llegaba a la altura de su mentón, supongo que eran los tacones, en cuanto tuve su respuesta, me di la vuelta y regresé a donde estaba mi primo, pero ese camino de regreso se me hizo más largo, pude escuchar algunas risas de los asistentes, estaba a punto del infarto.

Le dije a mi primo el precio y el me dio una palmada en la espalda con una gran sonrisa, me preguntó que si quería él me pagaba la tarifa, a lo que yo le dije que no, finalmente él sí pasó através de esa cortina de la entrada y detrás suyo entró una de las mujeres, no sé qué tiempo tardó, pero salió son su chamarra al hombro, como torero rompiendo plaza, con la misión cumplida, no recuerdo si sus amigos hicieron lo propio, en pocos minutos ya íbamos camino a casa, con el consejo de mi primo de que no le dijera a mi tía, ni a mis padres a dónde habíamos venido, le dije que no lo haría, y así lo hice, es hasta es este el momento que lo estoy contando.

Al paso de los años esa anécdota resuena en mí, ese viaje por las calles de Arriaga siempre fueron evocados hacia los momentos familiares de vacaciones acompañados de sol y arena, el camino que emprendimos al salir de la casa de mi abuela esa noche, solo me traía recuerdo de mi niñez y los momentos de felicidad con mis hermanos, desde las escaleras de la escuela primaria hasta el kiosco y las vías del tren, sin embargo las cosas y los años evidentemente estaban pasando y mi adolescencia me lo decía.

No pienso profundizar en el tema de esta actividad femenina, ni de su actuar; sin embargo el cerebro es un lugar muy complejo, nos hacemos muchas preguntas respecto a los placeres carnales; pensando en esa anécdota en mi adolescencia, todos los días al salir de la oficina me dirijo al metro Taxqueña hasta la estación Revolución, de allí camino hacía Insurgentes Norte en dirección a la terminal Buenavista para tomar el tren suburbano, en ese trayecto, justo en la esquina de la calle Luis Donaldo Colosio esquina con Insurgentes, cuando empieza a caer el sol, se pueden ver algunas mujeres con vestidos llamativos, pero discretos, medias, zapatillas y maquillaje, se pueden contar por lo menos de cinco a seis sobre la acera, mediando dos metros aproximadamente entre ellas, las luces de los vehículos hacen las veces de reflectores, ellas en su tema aprovechan para mostrar sus encantos; sin embargo antes de llegar a esa esquina, en una parada de autobús con un anuncio luminoso a un lado, hay una mujer más, que todos los días se encuentra en el mismo lugar, esa mujer de igual manera llama la atención con zapatillas y medias de diversos colores, cabello con extensiones, blusas y chamarras ligeras haciendo juego con sus diversos bolsos, su particularidad, contrario a las damas de la vuelta de la esquina, es su sonrisa, esa sonrisa está allí todos los días, cuando el semáforo aparece en rojo, recibe algunos piropos de los conductores, aún incluso cuando no hay mucha afluencia vehicular la sonrisa persiste, lo cual me animó, recordando aquellos días con mi primo a atreverme a preguntarle: ¿por qué lo hacía?, ¿curiosidad? tal vez, ¿insolencia? creo que sí, me cuestionaba si no le causaría alguna molestia y me mandaría al carajo con esa misma sonrisa, ¡en fin!

Hace unos días me decidí a hacerlo y a hacerle platica, el día que me aproximé era un poco más temprano que de costumbre, zapatillas rojas y medias blancas, sus extensiones en el cabello llegaban a sus hombros y ocupando el anuncio luminoso como espejo revisaba que sus labios estuvieran perfectamente pintados, lo cual delineaba con uno de sus dedos, al ver que me acercaba de inmediato volteó a verme son esa enorme sonrisa y me dijo: “¡Hola!, ¿cómo te llamas?”, me hizo recordar aquella primera vez, pero esta ocasión con toda la seguridad le dije cualquier nombre, hay que ser un poco astuto para no dejarse enganchar en algún tema en particular y que pueda dominar la situación, ¿en dónde trabajas?, fue su segunda pregunta, a lo que respondí de manera inmediata que por aquí a pocas cuadras; era mi turno de hablar y le dije, que por aquí pasaba todos los días sin dar pausa le comenté que solo le haría dos preguntas, su nombre, a lo que me respondió supongo que con otra mentira: “¡Me llamo Su!”, respondió, y antes de que me dijera otra cosa le hice saber que siempre veía en ella su enorme sonrisa, eso me daba curiosidad, que su sonrisa opacaba a las otras chicas de allá de la esquina, soltó una sincera carcajada, me ofreció inmediatamente, por decirlo de manera decente, sus servicios, contesté que sería en otra ocasión, que hoy quería saber, si se podía saber solo eso, me respondió de una manera más seria que su sonrisa se debía a la actitud, rompiendo todo el cuadro me dijo sin ningún tapujo: “a esto hay que echarle huevos con la mejor cara, aunque parezca que nos esta llevado la chingada, hay que salir adelante”, dijo; que eso nunca se lo habían preguntado y que por eso me la tenía que planchar, soltó otra carcajada y me despedí prometiendo volver.

No le cuestioné la razón de su actividad, incluso ni el costo por su servicio como en aquel lejano pasado de mi adolescencia cuando lo hice con tremenda dificultad a aquella muchacha que ni maquillaje, ni ropa tenía; hoy en estos tiempos las cosas son definitivamente diferentes, no voy a decir que esa anécdota cambió mi vida para siempre, ¡claro que no!, pero sí, la perspectiva de la visita a ese lugar en particular, dando profundidad a mi inexperta visión, a mi encuentro con los placeres ocultos del sexo, ya que tuve que viajar hasta el estado de Chiapas, para tener esa experiencia de ver de cerca y conocer esa actividades nocturnas, lo cual contrastó con mi breve entrevista con “Su”.

La vida es actitud, nada se queda en ti si no te atraviesa los músculos dicen, nunca me han gustado las etiquetas en la ropa porque raspan, ni en la vida porque incomodan, no hay que prejuzgar, si no eres o no soy vegetariano, ni vegano, ni chaman, ni borracho, ni estudioso, ni espiritual, ni ansioso, somos todo aquello que los demás puedan descubrir en nosotros y más, somos mucho más que eso, que nuestras supuestas verdades de hoy sean equivocaciones mañana, tal vez me equivoqué etiquetando a aquella mujer al verla con pocas prendas, que la verdadera actitud de la otra mujer es esa cualidad por intentar seguir adelante, que nos sorprende al descubrir que los grandes aprendizajes a veces no llegan de la mano de un maestro o un gurú, sino de alguien que tienes cerca o incluso a la vuelta de la esquina; tal como lo dice Fauzi Beydoun vocalista de la agrupación Tribo de Jah, en su canción Garota Dredlock: “Chica Dreadlock, tu look es puro shock, donde ella camina, las miradas siempre la censuran, ella solo quiere ser feliz, camina como quieras, ser aceptada como ella es, luchas para vivir, para ella y para su bebé, y sin embargo si es posible gustar y soñar.”